Enmarcado dentro de la especialidad de la cirugía bariátrica (y no de la plástica, reparadora y estética), el bypass gástrico es el tratamiento más frecuente para combatir la obesidad mórbida. Esta intervención solo está indicada para personas que tienen un IMC (índice de masa corporal) superior a 35-40, no han conseguido adelgazar con la dieta ni el ejercicio y cuentan con problemas de salud relacionados con la obesidad que ponen en riesgo su vida (como pueden ser la diabetes de tipo 2, la apnea del sueño, la tensión arterial alta, los niveles de colesterol altos o alguna enfermedad cardíaca, entre otros). A lo largo del procedimiento se modifica el sistema digestivo, reduciendo el tamaño del estómago (y, por lo tanto, la cantidad de alimentos que se pueden ingerir), y se conecta directamente a un tramo adelantado del intestino delgado (realizando un bypass), de manera que se reduce, también la absorción de los alimentos.

Es muy importante tener claro que no se trata de una técnica de remodelación corporal, o para reducir volumen, celulitis o grasa corporal, que no todas las personas con sobrepeso extremo son candidatas a esta intervención, y que es necesario, además de pasar un control de evaluación para determinar si se es apto, estar dispuesto a realizar cambios permanentes en el estilo de vida, tanto a nivel de nutrición como de comportamiento.

Se trata de una intervención complicada que requiere varias horas de quirófano bajo anestesia general, y un ingreso hospitalario que suele oscilar entre los tres y los cinco días, aunque depende de cada caso. Antes de la intervención hay que someterse a una dieta muy restrictiva, así como una vez que se ha realizado: inmediatamente después solo se podrán consumir líquidos, ningún alimento sólido, mientras el estómago y el intestino se recuperan. Posteriormente, y muy poco a poco, se irán introduciendo alimentos blandos y después sólidos, según el cuerpo vaya teniendo la capacidad de tolerarlos.

Tras la intervención la pérdida de peso es rápida durante los primeros meses (pudiendo superar el 60% del peso inicial en dos años), y la recuperación (que se realiza bajo un estricto control médico, endocrinológico y nutricional) es relativamente lenta.

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